Murió Mujamad, el almacenero.
Sali a comprar fósforos a las doce del mediodía, no había nade en la calle, el viento, el cielo cubierto por una combinación de polvo y nubes, disuadían de asomarse a la calle a los vecinos, a esa hora, jubilados rusos. Ah, sí, hablé por teléfono desde el público, en la vereda del mini-mercado "Los Hernanos", y desde ahí vi que estaba cerrado. Semi despegado por el viento, sobre el portón, el cartelito impreso con el anuncio, con signo de admiración.
Mañana irán los veteranos del barrio a consolar a la familia, en una de las aldeas que se extienden a ambos costados de la ruta Arad-Lehavin, y que empalma con la que conduce a Beer-Sheva y Tel-Aviv.
Tenía cuarenta años, más o menos, y trabajaba denasiado, según contó un vecino. Además del almacén, tenía un negocio de transporte de pasajeros en furgones Transit. Hace un par de semanas me preguntó si tenía trabajo, a lo mejor quería proponerme algo en el almacén, ordenar cajones. Lo vi cargar packs de agua mineral con ambas manos, ida y vuelta, hasta completar los pedidos de los clientes. De el dependian hijos, esposa, hermanos, padre, una tribu. Le dio un infarto.
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