En la semana de lluvias, cielo cubierto, de nubes o de polvo, el calefón solar no funcionaba. Y el eléctrico entró en cortocircuito.
Llamamos al pizzero argentino de la Tokio para que nos recomiende un especialista que no nos robe, y nos dio dos nombres. Uno, un ruso, Moti. El otro. Salim, "es beduino, pero trabaja muy bien, y a lo mejor te cobra menos que Avi.
Había que comparar presupuestos, porque la propietaria de nuestro departamento se haría cargo del gasto, y llamamos primero a Salim. Era mediodía, prometió que llegaría a la una y media, pero a las y veinte, golpeó la puerta, y cuando yo concurría a abrir, Salim ya estaba adentro, y detrás él, un muchacho, su ayudante.
Le mostré en donde estaba el problema, que para mí era el interruptor, pero no, Salim comprobó su presunción: había que cambiar la instalación, en el tanque de agua, arriba, en la terraza. No es terraza, exactamente, sino el techo, al cual se accede por una claraboya.
Mientras revisaba, Salim me preguntò, en yiidish, si yo hablaba yidish. De chico, le dije, pero me olvidé. El, en cambio, lo hacía bastante bien y, un poco, me gozaba. Le hice ver que era argentino, y largó el latiguillo, "amigo, Buenos Aires". Me pidió mi número de celular, que fue anotando en el suyo. Cada tecla cantaba la cifra en hebreo, "este teléfono no sabe yidish", rio, y salieron hacia el techo, él y su ayudante. Al rato, me llamó desde allí, confirmó que había que cambiar todo, y m e pide 450 shékels, y si puede comenzar ya. Tengo que consultar a la dueña, le dije, y pedir otro presupuesto, para comparar. "Pero, si no lo hace ahora, tiene que pagarme 100 shékels". Comenzó una discusión; mi argumento era que ni plomeros ni electricistas cobran por presupuestar, y su réplica era "pero yo estoy subido al techo, ¿quién me paga eso?
"Dávid, Dávid, escúcheme... "
"No. Salim, no puede ser... "
"Pero, Dávid, oiga... "
"Dávid, Dávid... llame a la dueña"
Aflojè y acepté.
Salim quedò- que se comunicaba en media hora; mientras tanto, se iba a otra casa, a hacer otro arreglo.
A la media hora, llamó; la dueña estaba de acuerdo, le dije, siempre y cuando le hicieran rebaja y se incluya garantía por escrito. Cerramos por 350, sin factura, y entonces preguntè a que hora venía: "Estoy aquí, nunca me fui".
Me pidió que saliese, para mostrarme el aparato nuevo, antes de que comience a instalarlo. Salim, desde arriba, se enojaba con el muchacho, a lo mejor su hijo, y daba órdenes. Muy bien, dije, cuando me mostró el aparato rojo.
Llamaba cada cinco minutos, "no encienda el calefón", "habra la canilla de agua caliente".
Cuando estuvo listo, bajó, comprobó que todavía no salía agua, "ya se va a llenar el tanque".
Me preguntó en qué me ocupaba, cuánto pagaba por el alquiler.
Llegó Ana con el dinero, pagamos, y ya el agua salía caliente.
Finita la comedia, dijo.
Me preguntó si eso era castellano.
No, italiano, es parecido.
Firmó la garantía del otro lado de su tarjeta de visita:
--Ya está. Finita la comedia.
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