En la plazoleta que está frente a las paradas de colectivos urbanos (dos líneas, 2a y 2b) y para el Mar Muerto (línea 1), las de ómnibus para Beer-Sheva y Tel Aviv (la estación terminal está en construccion), además de la caseta de "Taxis Arad" (sucursal de la candidata Tali), se robaron los bancos. O los retiraron. Los removieron. Ahí acostumbraban a sentarse sudaneses y eritreos, adultos, jóvenes o niños, de acuerdo a la hora. Desde que comenzó la campaña civil para expulsarlos, en forma masiva o gradual, se corrieron de la plaza central, bajaron el perfil y se hicieron menos visibles. La plazoleta sobre la calle Yerushalaim era un sitio menos expuesto, con apenas tres bancos. Allí se juntaban, sentados unos, de pie, otros, para hablar, tomar cerveza, o comer algo. Algo íntimo; también Ana y yo nos sentábamos para descansar un rato, comer pan, tomar un yogur. Pero cuando lo hacíamos, los africanos no aparecían, por precaución, o timidez.
La plazoleta es, en realidad, un jardín, dispuesto entre un barrio de monobloques y un mini-centro comercial. Una ferretería, una peluquería, una florería. Cuando, de paso por ahí, comprobamos el hueco dejado por los bancos, "como si hubiesen sido arrancados de raíz tres árboles", según la expresión de Ana, lo encaramos al ferretero. El hombre, judío persa (de Aradán), que cubría la calva con una quipá tejida de los nacional-religiosos, interrumpió una charla, o una venta, que mantenía con una cliente. "Lo que pasa es que allí se reunían borrachos", explicó. "Africanos", le hicimos ver: "sí, claro", dijo, "a veces les ponía un poco de comida en el piso para que comiesen". Y festejó su ocurrencia con la muchacha rusa. En eso, pasaba un rapado y metió su bocado, "Arad se pudrió por culpa de los sudaneses". Y de la florería salió su dueña, indignada, "¿nos comparan a nosotros con los nazis?" Eso habíamos gritado al ferretero, y a su clienta, que vino y nos cerró la puerta.
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