En tanto, los cuervos se pasean generalmente de a cinco. Caminan a su manera chueca, sin prisa, por sus barrios. Siempre hay uno que se encarama sobre un poste de alumbrado y se pone a parlotear. Comparten, cuando pueden, el pan de las palomas. O planean en círculos sobre el cause seco del río, por diversión, o por motivo de una carroña.
A mi perra les llama la atención, pero no les tiene miedo.
Sí, le asustan los asnos. Dos chicos beduinos llegaban a galope de burro por la vereda por la que paseábamos. Di un paso al costado y mi perra quiso rajar.
Pero la sostuve.
Los chicos iban al almacén de los hermanos beduinos.
Luego, volvieron por la misma vereda y se metieron por el desfiladero que baja al Mar Muerto.
A metros de ahí, otro beduino puso una verdulería.
A poco de tomar posesión del local, descubrió que el cuarto del depósito estaba lleno de serpientes. Tenían un nido, y eran decenas. El mismo, decía, podía matarlas si quería, pero ese trabajo le correspondía a la municipalidad.
Tardaron una semana en venir, llevárselas y limpiar el lugar. En el desierto, me dijo, esto es lo más normal. Pregunté, ingenuo, si eran serpientes o culebras. Todas venenosas, muy venenosas, venenosísimas, dijo.
El, a su vez, creía que yo era ruso, y repetía, spasiva, spasiva. Cuando le corregí, enseguida recordó la guerra de Malvinas y el Exocet que hundió al barco inglés.
Me pregunta siempre cómo estoy, y le respondo que bien, y el completa, "no te preocupes, todo irá bien".
Genial. Me encanta tu sentido del humor y esta mirada tan humana que nos das de cada uno de los personajes de Arad. Abrazos.
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