Al fin y al cabo, dijo Netaniahu, en el corto plazo, Israel estará rodeada en su totalidad por una muralla, desde Egipto hasta el Golán. De este modo anunciaba la decisión de cosntruir un muro a lo largo de la frontera con Egipto con el propósito de cortarle el paso a la inmigración ilegal proveniente de Africa, en especial de Sudán y Eritrea. También, agregó, para evitar que el comercio de prostitutas traídas, casi todas, de ex-repùblicas de la Unión Soviética, en especial de Moldavia, haga uso de esa misma frontera. Afirmó, con énfasis, que la inmigración de trabajadores extranjeros pone en peligro la identidad judía de Israel.
Y desde Auschwitz, el Primer Ministro advirtió, cuidado, Amalec ataca de nuevo. Amalec, el enemigo bíblico de los hebreos, del cual Dios borró su semilla, pero no, parece que no, alguna cepa suya atravesó la literatura religiosa, y echó raíces en la ficción política de Israel. Amalec es ubicuo, ora es uno, ora es otro, ora todos al mismo tiempo. Los palestinos son Amalec, los malos, por supuesto, pero también los buenos. Por más que le den caño a ese Amalec, nunca se acaba, vive al acecho. Los beduinos, cuidado, son Amalec encubierto. Los organismos de derechos humanos, servidores de Amalec. La ley internacional, manipulada por Amalec. Las críticas a Israel, voces de Amalec. Pero el gran Amalec, hoy por hoy, es Aradán. O, digamos, el triángulo Aradán-Damasco-Gaza es el súper Amalec. Amalec, descendiente de Esau (el hermano resentido de Jacob, luego apodado Israel), construye túneles a decenas de metros bajo las rocas del país de Aradán, para soterrar, y hacer inexpugnables, sus ingenios atómicos en donde será posible desarrollar, sin que Arad lo pueda impedir, las bombas atómicas necesarias para boorrar para siempre el natéma bíblico que no lo deja dormir. En la puesta en escena de Ajmadinayad, líder e hijo dilecto, Aradán es el instrumento del bien que pondrá fin a las tropelías del estado heredero de los derechos de autor de la Torá, y trasformó a su país en misilestado cuyo fundamento es la palabra destruir. Retórica que viene bien a su partner, el estado de Arad: al igual que Aradán, cuanto más crezca Amalec, mejor se asfixia al súbsito local. Los pueblos se vuelcan a la derecha porque creen que destruyendo a Amalec, se resguardan y se guardan. Cuando, màs adelante, amanecen hechos mierda, algunos se dan cuenta del error. Y levantan la mano izquierda. Por un tiempo. Tarde o temprano, alguien claudica.
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